Ratón anda algo confundido

Ratón y Simba están cada vez más grandes. Corren por toda la finca, cazan lagartos y fraternizan con otros gatos. Lo de los lagartos era algo que discutía con mi mujer. Ella afirmaba que solo comían croquetas de gato, que teniendo eso no iban a cazar cosas. Yo decía que flautas, que un gato es un gato y un lagarto es, primero, un juguete;uego, comida. Y se confirmó hace unos días cuando vi a Simba comerse un pequeño perenquén delante mío. Teniendo carne fresca, anda y que le den a las croquetas…

Yo nunca había tenido antes una pareja de gatos, y sigo asombrándome del lazo que se establece entre los dos hermanos. Siempre se les ve juntos. Simba, que es más espabilado, aprendió a saltar al patio delantero. Pero Ratón no se atreve todavía, así que hemos tenido que acabar por ponerle un peldaño – colocando una pequeña mesa de trabajo sobre la tapa del aljibe – para que pudiera bajar a jugar con su hermanito en lugar de quedarse lloriqueando en lo alto del muro.

Pero va más allá, la cosa. Debieron separarse de su madre demasiado pronto, y por eso iban al principio al rabo de Cleo (la siamesa que también adoptamos pero que desapareció). Lo intentan con Ico, pero los acercamientos terminan en serios bufidos de advertencia. Así que sin una figura materna sólida, Ratón ha recurrido a medidas desesperadas. Al descubrirlo conseguimos explicarnos por qué Simba aparecía algunos días todo lamido. Creíamos que era él mismo tratando de arrancarse los hierbajos y las semillas que se le pegan al explorar la zona, pero no. Esto es lo que ocurre en realidad…

No se rían, que ese es un vicio difícil de dejar. El que fuera el gato familiar durante más de quince años, Ramsés, no dejó de mamar de nuestro dedo meñique antes de irse a dormir hasta el último día.

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Puesta a punto

Decidimos pues quedarnos los tres gatos y darles una segunda oportunidad en la zona de huertas y patio de la casa de Fasnia, pero antes había que conseguir que sobrevivieran. El pequeñajo estaba muy débil, la siamesa moqueaba y estornudaba y todos tenían los ojos cubiertos de legañas e irritados. Un poco de agua de manzanilla consiguió que al menos pudieran abrir los ojos, pero ahí hacía falta un veterinario.

Ese mismo viernes Sabrina los trajo a Santa Cruz en una caja de cartón agujereada para que les echara un vistazo la veterinaria de Ico. Como  no podíamos subirlos a casa, en el garaje les dejamos cuencos con agua y comida, y su primer cajón de arena. Lo de los gatos es curioso, porque aunque no hayan visto uno en su vida, saben para qué sirve. No es la primera vez que pongo un gatito de un mes en un cajón de arena porque le veo intranquilo y no solo hace pipí sino que sabe a dónde tiene que volver. También ocurre que no, claro.

La veterinaria les recetó una pastilla para parásitos internos (el pequeñajo tenía lombrices planas), colirio y antibióticos. Por suerte lo de los ojos solo era conjuntivitis, pero no los tenían ulcerados, así que todos veían perfectamente. También nos dio unas latitas de paté reconstituyente para gatos, especialmente para el chiquitín, que estaba algo fuera del peso ideal.

Una vez pasaron su revisión médica los dejamos en el garaje un rato mientras subíamos a casa a  preparar las cuatro cosas que solemos llevar al Sur. Libros, teléfonos, cargadores, algo de ropa y a veces mi portátil. Ico esos fines de semana se queda sola en casa de Viernes a Domingo, algo que no me hace mucha gracia. Pero no parece pasarlo mal, y casi estamos seguros de que al marcharnos se sienta en el sofá, enchufa la tele y lanza las croquetas al aire para jugar a cogerlas con la lengua. Bueno, eso tal vez no lo haga, pero solo porque no tiene pulgares oponibles. Sea como sea, más de una vez me descubro durante el fin de semana preguntándome qué estará haciendo Ico. Cualquier día pongo una cámara para grabarla.

Lo que estaba claro es que ese fin de semana en concreto no vendría con nosotros. Solo con oler la ropa de Judith al subir del veterinario se agarró un mosqueo de cuidado, bufando y vigilando todos sus movimientos. Cualquiera diría que el olor de tres gatitos debería tranquilizar a una gata, pero el instinto maternal de Ico lo debió perder el día que la esterilizaron. Armada con el bote de feromonas, Judith la mantuvo a raya hasta que salimos de casa.

Al volver al garaje nos llevamos un buen susto. La siamesa estaba durmiendo tranquilamente debajo de mi coche, pero de los dos pequeños no había ni rastro. Tras casi un cuarto de hora de búsqueda, y cuando ya nos temíamos que se hubieran escondido en el motor, donde les buscamos en varias ocasiones, acabamos encontrándolos enroscados sobre una maleta oscura. Como los gatitos son muy oscuros, habíamos pasado por delante varias veces sin verlos. Me sorprendió que, siendo tan pequeños, consiguieran llegar los dos juntos a dormir al mismo sitio, algo inaccesible.

Viajaron en el viejo transportín de Ico hasta los Roques, donde dormirían con nosotros antes de subirlos a Fasnia al día siguiente. Como Susy no iba a venir esa noche no habría problema, y tras darles las pastillas y aplicarles el colirio estuvimos un rato viéndoles jugar y perseguirse. Fue sorprendente el cambio que experimentaron con un poco de comida, agua y calor; de los animales temblorosos y débiles que encontró Sabrina a los tres gatitos juguetones que teníamos en el salón en ese momento. ¡Observarles era bastante más entretenido que ver la tele!

Y entonces llegó Susy, que había cambiado de planes. En casa de Judith siempre han sido un tanto… peculiares en el trato hacia los animales domésticos. Cuanto más lejos y menos molesten, mejor, algo que Judith y yo no entendemos. La cara que puso al ver a los gatitos lo dijo todo, así que en el salón estaba claro que tampoco dormirían. Propuso que los dejáramos en la azotea, a donde subí para buscar un hueco donde meterles. Pero estaba tan oscuro y hacía tanto viento que me dio pena solo de pensar en dejarles allí toda la noche. Mientras decidíamos qué hacer, Susy se puso a ordenar un poco la cocina, momento en que el pequeñajo decidió que una de las esquinas cerca del frigorífico era el mejor lugar para aliviarse.

Sin que Susy se diera cuenta de qué ocurría, porque entonces hubiera sacado a patadas de la casa tanto a los gatos como a nosotros, Judith la entretuvo mientras yo cogía varias toallitas húmedas de baño y limpiaba el estropicio. Es sorprendente el pestazo a amoníaco que emana del orín de gato, incluso el de uno tan pequeño, pero conseguí eliminarlo sin que el percance trascendiera.

Al final decidimos que durmieran con nosotros en la habitación de la litera. Tres gatos con su comida, agua y arena, dos humanos y mi alergia.

Tres gatetes

Yo soy alérgico a los gatos, mucho. Tanto como me gustan, que es más que ningún otro animal de compañía, aunque es verdad que nunca he tenido perros. De pequeño me producían rinitis alérgica, pero últimamente el estar cerca de un gato en un entorno que no se limpie muy a menudo acaba en un  ataque de asma. Sin embargo, siempre ha habido gatos en casa. Azrael primero, de apellido ‘como el de los Pitufos’, porque siempre acabábamos por explicar que de ahí venía el nombre y no porque fuéramos adoradores del diablo, y luego Ramsés. Aunque con ellos no tenía problemas, otros gatos me hacían producir mares de mocos. Pero fue una prueba de alergia de esas que te dejan el brazo como un costurero la que aclaró que yo era muy alérgico a los ácaros, las gramíneas y al epitelio de los animales, y especialmente al de los gatos.

Al parecer uno se acostumbra a sus animales, y por eso los síntomas de la alergia afloraban muy de vez en cuando.  Años después adoptamos a Ico, Judith y yo, que no puede ser mucho más peluda de lo que es. La gata, claro, no mi esposa. Y resultó que la cosa no era tanto acostumbrarse al animal como mantener la casa bien limpia, lo que cuando uno se independiza no ocurre automágicamente como cuando vives con tus padres. Así que me costó descubrir que lo que había que hacer era limpiar la casa más a menudo si quería mantener a raya la alergia. ¡Si no fuera por eso tendríamos dos o tres gatos! Pero no puede ser. De hecho tuve que ponerme muy serio cuando Judith apareció por casa hace unos años con un gatito callejero blanco y negro, que por suerte acabó adoptando su madre. Ahora todo apunta a que no era un gato sino una vaca: es blanco con manchas negras y no es exactamente gordo, sino grande y compacto. Pancho, se llama, y le pega. A veces sospecho que los animales adoptan en su personalidad algo del nombre que se les pone, porque Ico es toda una princesa.

El caso es que Sabrina, que por motivos laborales está quedándose a vivir entre semana en Los Roques, nos llama y nos cuenta que desde hace unos días hay tres gatitos minúsculos, con los ojos cubiertos de legañas, rondando la casa y necesitando cuidados urgentemente. En Los Roques hay una colonia de gatos permanente que una pareja de extranjeros se encarga de alimentar desde hace unos meses. Antes eran un montón de gatos sarnosos medio muertos, pero un par de toneladas de croquetas de gato y agua en abundancia los han dejado sanos y lustrosos, así que al parecer no hace falta mucho para que vivan felices entre las chumberas de la zona. Sabrina trató de dejar a los gatitos con los demás, pero al parecer fueron recibidos con bufidos y patadas.

Judith, si algún día no estoy, no se quedará sola. Recogerá gatos callejeros en un número no inferior a cuarenta, les pondrá nombres a todos e ignorará  a la gente cuando la señale por la calle y haga comentarios sobre su salud mental. Decidió empezar a labrarse la fama con estos tres gatitos.

Al principio me negué rotundamente, pero la verdad es que daban una penita tremenda. Dos de ellos, machos y peluditos; uno negro como el carbón y el otro a manchas blancas y negras, y casi seguro hermanos por el parecido y porque ninguno pasa del mes de vida. La otra, hembra, es una siamesa. Puede que cruzada, pero tiene los colores de un siamés, muy claritos ahora que es joven. Desde luego en el piso de Santa Cruz con nosotros no iban a estar, porque entre otras cosas Ico no lo iba a permitir.  Pero la foto que nos envió Sabrina en la que se ve a dos de ellos acurrucaditos durmiendo juntos ablandaría el corazón a cualquiera, por muy alérgico a los gatos que fuese.

Gatitos abandonados
¿Pero cómo vamos a abandonar a estos dos? ¡Y falta el tercero, que no está en esa foto! El chiquitín no hacía sino llorar cuando la siamesa se alejaba un poco.

¡Tal vez podrían quedarse a vivir en el patio trasero de la casa de Fasnia! Allí tendrían por dónde correr y todas las huertas para cazar y entretenerse. Y al crecer ya podrían decidir si quedarse allí o marcharse a ver mundo, libremente. Vaya, que no hizo falta insistir mucho para que aceptara adoptar a nuestros tres primeros gatos de exterior.

Pasando la mopa

Puesto que la combinación “alergia a los gatos” + “tengo gata peluda” no es buena, me veo obligado a pasar la mopa al menos cada dos días, si no quiero terminar poniéndole nombre a las pelusas.  Espero no ser el único tontolaba que cada vez que pasa la mopa la levanta, la mira asombrado y se la enseña (la mopa) a alguien comentando la cantidad de polvopelo recogido. Y si no hay nadie, se la enseño (la mopa) al gato, que al fin y al cabo es culpa suya.

¡Uaaaaala!
¡Uaaaala!

El caso es que mientras limpiaba me preguntaba cuál sería la forma más correcta de hacerlo (pasar la mopa), ecológicamente hablando: usar la mopa con los pañitos desechables, usar la mopa con un trapo que se limpie tras cada uso, fregar o pasar la aspiradora.  Está claro que los paños desechables son muy cómodos, pero eso de tirar uno cada vez da como cosa. También está claro que no son reutilizables (al menos para cualquiera que, tras limpiar, observe el polvo recogido). El usar un trapo para limpiarlo después casi que se descarta por la misma razón. Además, se consume agua limpiando el paño (y no creo que sea inteligente meter eso en la lavadora). Fregar también consume agua, ¡aunque puede que menos que la que se necesitaría para limpiar el paño!. Y la aspiradora consume electricidad.

¿Qué método es el más razonable para disminuir la huella ecológica? En fin, por de pronto seguiré pasando la mopa, que aún me quedan unos cuantos pañitos desechables…