Tres gatetes

Yo soy alérgico a los gatos, mucho. Tanto como me gustan, que es más que ningún otro animal de compañía, aunque es verdad que nunca he tenido perros. De pequeño me producían rinitis alérgica, pero últimamente el estar cerca de un gato en un entorno que no se limpie muy a menudo acaba en un  ataque de asma. Sin embargo, siempre ha habido gatos en casa. Azrael primero, de apellido ‘como el de los Pitufos’, porque siempre acabábamos por explicar que de ahí venía el nombre y no porque fuéramos adoradores del diablo, y luego Ramsés. Aunque con ellos no tenía problemas, otros gatos me hacían producir mares de mocos. Pero fue una prueba de alergia de esas que te dejan el brazo como un costurero la que aclaró que yo era muy alérgico a los ácaros, las gramíneas y al epitelio de los animales, y especialmente al de los gatos.

Al parecer uno se acostumbra a sus animales, y por eso los síntomas de la alergia afloraban muy de vez en cuando.  Años después adoptamos a Ico, Judith y yo, que no puede ser mucho más peluda de lo que es. La gata, claro, no mi esposa. Y resultó que la cosa no era tanto acostumbrarse al animal como mantener la casa bien limpia, lo que cuando uno se independiza no ocurre automágicamente como cuando vives con tus padres. Así que me costó descubrir que lo que había que hacer era limpiar la casa más a menudo si quería mantener a raya la alergia. ¡Si no fuera por eso tendríamos dos o tres gatos! Pero no puede ser. De hecho tuve que ponerme muy serio cuando Judith apareció por casa hace unos años con un gatito callejero blanco y negro, que por suerte acabó adoptando su madre. Ahora todo apunta a que no era un gato sino una vaca: es blanco con manchas negras y no es exactamente gordo, sino grande y compacto. Pancho, se llama, y le pega. A veces sospecho que los animales adoptan en su personalidad algo del nombre que se les pone, porque Ico es toda una princesa.

El caso es que Sabrina, que por motivos laborales está quedándose a vivir entre semana en Los Roques, nos llama y nos cuenta que desde hace unos días hay tres gatitos minúsculos, con los ojos cubiertos de legañas, rondando la casa y necesitando cuidados urgentemente. En Los Roques hay una colonia de gatos permanente que una pareja de extranjeros se encarga de alimentar desde hace unos meses. Antes eran un montón de gatos sarnosos medio muertos, pero un par de toneladas de croquetas de gato y agua en abundancia los han dejado sanos y lustrosos, así que al parecer no hace falta mucho para que vivan felices entre las chumberas de la zona. Sabrina trató de dejar a los gatitos con los demás, pero al parecer fueron recibidos con bufidos y patadas.

Judith, si algún día no estoy, no se quedará sola. Recogerá gatos callejeros en un número no inferior a cuarenta, les pondrá nombres a todos e ignorará  a la gente cuando la señale por la calle y haga comentarios sobre su salud mental. Decidió empezar a labrarse la fama con estos tres gatitos.

Al principio me negué rotundamente, pero la verdad es que daban una penita tremenda. Dos de ellos, machos y peluditos; uno negro como el carbón y el otro a manchas blancas y negras, y casi seguro hermanos por el parecido y porque ninguno pasa del mes de vida. La otra, hembra, es una siamesa. Puede que cruzada, pero tiene los colores de un siamés, muy claritos ahora que es joven. Desde luego en el piso de Santa Cruz con nosotros no iban a estar, porque entre otras cosas Ico no lo iba a permitir.  Pero la foto que nos envió Sabrina en la que se ve a dos de ellos acurrucaditos durmiendo juntos ablandaría el corazón a cualquiera, por muy alérgico a los gatos que fuese.

Gatitos abandonados
¿Pero cómo vamos a abandonar a estos dos? ¡Y falta el tercero, que no está en esa foto! El chiquitín no hacía sino llorar cuando la siamesa se alejaba un poco.

¡Tal vez podrían quedarse a vivir en el patio trasero de la casa de Fasnia! Allí tendrían por dónde correr y todas las huertas para cazar y entretenerse. Y al crecer ya podrían decidir si quedarse allí o marcharse a ver mundo, libremente. Vaya, que no hizo falta insistir mucho para que aceptara adoptar a nuestros tres primeros gatos de exterior.

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Pasando la mopa

Puesto que la combinación “alergia a los gatos” + “tengo gata peluda” no es buena, me veo obligado a pasar la mopa al menos cada dos días, si no quiero terminar poniéndole nombre a las pelusas.  Espero no ser el único tontolaba que cada vez que pasa la mopa la levanta, la mira asombrado y se la enseña (la mopa) a alguien comentando la cantidad de polvopelo recogido. Y si no hay nadie, se la enseño (la mopa) al gato, que al fin y al cabo es culpa suya.

¡Uaaaaala!
¡Uaaaala!

El caso es que mientras limpiaba me preguntaba cuál sería la forma más correcta de hacerlo (pasar la mopa), ecológicamente hablando: usar la mopa con los pañitos desechables, usar la mopa con un trapo que se limpie tras cada uso, fregar o pasar la aspiradora.  Está claro que los paños desechables son muy cómodos, pero eso de tirar uno cada vez da como cosa. También está claro que no son reutilizables (al menos para cualquiera que, tras limpiar, observe el polvo recogido). El usar un trapo para limpiarlo después casi que se descarta por la misma razón. Además, se consume agua limpiando el paño (y no creo que sea inteligente meter eso en la lavadora). Fregar también consume agua, ¡aunque puede que menos que la que se necesitaría para limpiar el paño!. Y la aspiradora consume electricidad.

¿Qué método es el más razonable para disminuir la huella ecológica? En fin, por de pronto seguiré pasando la mopa, que aún me quedan unos cuantos pañitos desechables…