Un curso con Valeria

Cuando nació Valeria, Judith pidió unos meses de excedencia para estar con ella durante el primer año. Nació en agosto, por lo que encadenando vacaciones, baja por maternidad y la excedencia no volvió a trabajar hasta el siguiente curso, en septiembre de 2014. Valeria tenía entonces un año y un mes y teníamos que decidir qué hacer a continuación.

Con 16 semanas, lo que dura la baja por maternidad, se supone que tu hijo está preparado para lanzarse al mundo. El sistema laboral obliga a meter al crío en la guardería y recuperar el horario de trabajo habitual cuanto antes. Esto es así y punto pelota, difícilmente se puede evitar si los dos padres trabajan y no se puede tirar de los abuelos. Ni siquiera vale una reducción de jornada, puesto que si los horarios de trabajo se solapan alguien tiene que cuidar al bebé, quien por lo general acaba en una guardería.

Y te animarán a ello: “Es bueno para que se socialice”, dicen. “Así coge virus y se inmuniza”, pfff.  “Va aprendiendo cosas y entra en el colegio preparado”. Tres ejemplos que te aconsejan, porque se hace así y no queda otra. Pues no, nos negamos, porque podemos. Y ojalá más gente pudiera organizarse de otro modo y priorizar la felicidad, el juego del niño y el estar junto a sus padres frente a la escolarización temprana. Pero es muy difícil, porque ni el Estado ni la empresa privada parecen estar por la labor.

Igual que con el asunto del colecho (dormimos muy a gusto juntos) decidimos hacer lo que a nosotros nos parecía razonable dentro de nuestras posibilidades, lo mejor para ella: estar todo lo posible a su lado en sus primeros años, disfrutarla y permitir que nos disfrute. Aprovechando que yo soy autónomo y tengo absoluta libertad para decidir mi horario laboral y mi lugar de trabajo, decidimos que sería yo quien cuidara de Valeria por la mañana hasta que su madre volviera del trabajo.

Nos despertamos cuando ella quiere, que suele ser entre las ocho y las diez de la mañana – primera ventaja, duerme todo lo que necesita y no hay que despertarla a la fuerza. Desayunamos con tranquilidad: cereales con leche, galletas, zumo de naranja (numo, que dice ella). Un lujo para la mayoría, que con un café y una galleta salen por la puerta a toda prisa. Luego nos aseamos un poco y ya lo que pida el día. Igual vamos al súper, a dar un paseo, subimos a la huerta un rato y nos ponemos asquerosos de tierra, vamos a los columpios, ponemos una lavadora, pasamos la aspiradora, pintamos… O simplemente vagueamos viendo dibujos animados. A media mañana suele comerse un sandwich de queso y a eso de la una le pongo la comida. Como la carne, el pescado, la fruta y el yogur se lo come ya solita, mientras yo voy cocinando  la nuestra.

Cuando su madre llega a eso de las tres menos cuarto Valeria ya está a punto de caer dormida para su siesta. Comemos y cambiamos las tornas: yo subo al despacho a trabajar (porque además trabajo en casa – o en donde haga falta, con un ordenador me basta) y ellas se quedan juntas.

A las ocho ellas se bañan. A las nueve cenamos, pasamos un rato juntos jugando y a eso de las diez y media u once se van a la cama a dormir mientras yo sigo hasta las doce y media o la una trabajando, o no, dependiendo de la carga que tenga. Los fines de semana solo cambia que estamos los tres, comemos juntos y soy yo quien se ducha con Valeria, además de olvidarnos bastante de los horarios.

Cuando es necesario me levanto pronto los fines de semana para completar el horario laboral, pero parece que por lo general soy lo bastante productivo como para no necesitarlo. ¿Podría trabajar más horas para ganar más dinero? Sí, pero por ahora no lo vemos necesario, tenemos otras prioridades por encima del dinero y tal y como nos lo hemos montado no tenemos deudas que saldar – ni tenemos hipoteca ni alquiler porque entre otras cosas por eso nos fuimos a vivir al pueblo.

Valeria no tiene problema alguno en jugar con otros niños ni en quedarse con abuelos u otros familiares cuando no queda otro remedio. No se pone enferma casi nunca. Come de maravilla, duerme estupendamente. Es una niña tremendamente feliz: ríe y parlotea continuamente. Es cariñosa y tremendamente independiente a la vez.

¡Mal del todo no parece que lo estemos haciendo!

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