La agonía final

Lo que queda por hacer de la casa empieza a ser menos, mucho menos, de lo que ya se ha hecho. Para poder volver a vivir en ella solo hace falta terminar el trabajo de aluminio (rematar las ventanas ya colocadas, colocar las dos puertas de entrada interiores, la puerta principal de la casa y una ventana grande que hay en la fachada), terminar de arreglar el patio, pintar por dentro y por fuera, montar la cocina, completar la instalación eléctrica y, como extra, arreglar la zona del garaje.

El problema es que se nos acaba el presupuesto y va a haber que elegir. Está claro que de las puertas y ventanas no podemos prescindir, por razones obvias. Me gustaría no sentarme a ver la tele con desconocidos, y más si el desconocido se la quiere llevar a su casa al acabar la peli. Pintar podría limitarse a la cocina y el salón, las habitaciones en peor estado por la obra. El patio pues igual se queda sin alguna que otra floritura. Lo del garaje ya veremos, no es desde luego urgente. Y si en lugar de una mampara de cristal en el baño ponemos una cortinita de Ikea mona tampoco pasará nada. Fuera el lavavajillas y nos quedamos con la lavadora vieja. Nada de nuevas lámparas, y los embellecedores de las cajas de la luz, sencillitos. Con eso ya nos veríamos algo menos agobiados para terminar lo imprescindible, aunque la casa quede a parches. Ya habrá tiempo para arreglarla. Este año nos quedamos sin Reyes, eso ya lo sabíamos, pero al fin y al cabo nos hemos regalado una casa nueva poco a poco. ¡Y tremenda casa!

La otra es pedir un préstamo a la familia. A padres y madres, digo, no a los Corleone. Así evitamos que el contratista se vaya a otra obra, que luego para recuperarle la cosa puede estar complicada (sabemos que ya tiene varios trabajos  para cuando acabe con nosotros). Supongo que mezclaremos ambas opciones…

Lo más complicado en esta fase final es organizar a cada equipo de trabajo. El del aluminio no puede hacer nada hasta la próxima semana porque al parecer la fábrica estaba de vacaciones (con la que está cayendo en el sector de la construcción, me sorprende bastante, por no decir que no me lo creo, aunque podría ser). Pero sin poner puertas y ventanas no puede venir el electricista a terminar de  instalar cables, o el mismo desconocido de la tele podría venir a llevárselos cualquier noche, ¡que el cobre se paga a buen precio! Sin terminar la electricidad, la cocina tal vez se complica un poco, y a su vez ésta no puede instalarse sin pintar antes.

En medio de todo este caos – la casa todavía parece más una escombrera que un hogar – Simba se ha vuelto a perder. Ratón está enorme y precioso, pero tras una semana ya sin su hermano se le ve tristón. Es la tercera vez que Simba se va de farra por ahí, y en las dos primeras ocasiones volvió porque le encontré yo pateándome el pueblo. La primera en el parque de la plaza, la segunda en la gasolinera. Igual a la tercera va la vencida y no vuelve…

Precisamente hará tres meses que los castramos para evitar este tipo de problemas, pero para entonces Simba ya había catado el sabor de la libertad. El otro el pobre no se aleja de la casa más de diez metros, y cuando pasamos por allí lo único que quiere es que le rasquemos y le cojamos en brazos.  Si Simba no vuelve por su propia pata me da que Ratón acabará adoptado dentro de casa, aunque entre mi alergia a los gatos e Ico esa posibilidad es algo remota.

En fin, ahora sí que sí entramos en la recta final. Que ojo, por mi pueblo las hay de muchos kilómetros. Que sea recta no significa que la carretera sea corta…

 

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