De vuelta e instalados

Llevamos ya casi una semana durmiendo en Fasnia y esto empieza a poder llamarse hogar. Todavía está todo un poco manga por hombro, pero nada es especialmente incómodo. Bueno, el somier sí, que tenía las barras combadas y acabábamos rodando hacia el centro de la cama. Lo quitamos y pusimos el colchón directamente en el suelo, por ahora. A mi madre seguro que le da algo cuando lo vea, cómo va a ser eso, cómprense un somier, etc…  O el agua de la ducha, que se sale, y si uno no tiene cuidado acaba encharcando el baño. Ah, y el termo gotea un poco, pero por ahora con un cubo debajo que recoja el agua va que chuta.

Ya he instalado mi ‘despacho’ para trabajar, que ahora mismo consiste en un router para conectarme a Internet, mi ordenador personal y las libretas donde garabateo. Descubrir dónde conectar los dos aparatos resultó todo un reto, porque la casa tiene menos enchufes que una piscina.  La habitación grande del segundo piso fue la única donde encontré tanto los enchufes que necesitaba como la cobertura suficiente para la red, así que allí me quedé. Incluso me he traído mi silla de oficina desde Santa Cruz, porque aquí solo teníamos de sillas de comedor y me estaban dejando la espalda hecha un ocho.

¡Y he hecho ya mis pinitos en reparaciones del hogar! Arreglé la cisterna del baño, que no funcionaba bien la boya, y cambié la cerradura de la entrada, para lo que tuve que limar un poco el metal de la puerta porque por milímetros no entraba bien la nueva caja que compré. Lo hice descamisado, al sol, sudoroso, con los músculos tensos soportando la tensión del taladro y del metal puliendo metal. Es posible que se me viese la hucha y/o los calzoncillos de Dios Mío que regaló hace años la revista El Jueves, rebajando un puntito el nivel de erotismo del momento.

Ya hemos contactado con un primer contratista para que eche un vistazo a las obras serias que tenemos en mente. Entre ellas, instalar catorce ventanas. CATORCE VENTANAS. Esto parece el Palacio de Versalles. Las que hay son viejas y con rendijas, por lo que se cuela el viento y la tierra, así que en muchas instalaremos una nueva ventana externa de aluminio, dejando la de madera para decorar el interior. En el piso de arriba colocaremos ventanas de aluminio oscilobatientes, que mantienen la temperatura y aíslan del ruido. Cuando digo ruido digo perros ladrando y gallinas cluecas, porque mucho más no se escucha por aquí. Nada comparado con los gritos de borrachos y los bocinazos constantes del barrio de Salamanca en Santa Cruz…

La noticia triste es que durante los días que estuvimos fuera Cleo se perdió. Un día estaba y al día siguiente Sabrina ya no la encontró. Quiero pensar que saltó a la calle y consiguió que alguien la adoptara (Cleo, digo, no Sabrina), lo que no le resultaría nada difícil con lo cariñosa que era. Una pena, pero en el fondo casi que es mejor, porque nos evitará por un lado tener que esterilizarla y por otro las peleas con Ico. Simba y Ratón sí que siguen viviendo aquí y están mucho más grandes, en esa edad de gatito desgarbado y torpe con las patas traseras demasiado largas. No paran de perseguirse por el patio trasero, y llevan el pelo continuamente lleno de hierbajos y palitos.

Y la que está como un niño con un videojuego nuevo (eso de los zapatos es ya como de postguerra, aunque como las cosas sigan en el marco económico actual va a volver a tener sentido el dicho original) es Ico. Ahora que la casa está desinsectada y limpia la gata está disfrutando como nunca. Sube, baja, explora todas las habitaciones… pero es en el patio donde más se divierte. Se tira al sol y rueda sobre sí misma, se mete entre las macetas, persigue ramitas, huele las flores… Y ha adoptado un comportamiento similar al de un perro, siguiéndonos a donde vayamos. Si me pongo a arreglar algo, allí está ella observándome. Si subo a trabajar, me sigue por las escaleras y se tumba a mi lado (aquí está, mientras escribo). Supongo que está acostumbrada al piso de 40 metros cuadrados de Santa Cruz donde siempre nos tenía a la vista.

El contacto Simba-Ratón-Ico se limita por ahora a olerse a través de la puerta que separa los dos patios y a verse bien por un agujerito de la propia puerta o cuando los gatos pequeños se suben al muro que da al patio por donde Ico se mueve. En ambos casos la cosa acaba por ahora en bufidos y gruñidos por parte de Ico, mientras los otros dos se limitan a mirarla, o a ignorarla y a seguir jugando entre ellos. Pero con cada contacto Ico parece algo menos ansiosa, así que tenemos la esperanza de que acabe por aceptarlos. Por de pronto, esta foto resume perfectamente la situación.

Contacto
Ico, a la izquierda; Simba y Ratón, a la derecha. Los separa una puerta de metal que tiene un agujero a través del cual pueden verse.

Todavía queda mucho por hacer, de lo cual es prueba el comentario de una cría que vino ayer acompañando a la prima pequeña de Judith: ¿por qué entramos en una casa abandonada?

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