Un nuevo hogar

Sin importar que yo fuese alérgico a su pelo (¡es que son tan mooonos!) metimos a los tres gatos y todas sus cosas con nosotros en la pequeña habitación del fondo, la de la litera. Les administramos sus pastillas, les limpiamos las legañas y les aplicamos colirio de nuevo. Luego estuvimos un buen rato entretenidos viendo cómo a ratos se perseguían unos a otros o se dedicaban a destrozar un mono horrendo que Judith perpetró en un curso de manualidades con fieltro. Gracioso, sí, pero horrendo.

No recuerdo bien si fue aquella noche o a lo largo de la semana, pero finalmente les pusimos nombre. El del más pequeño lo tuvimos muy claro: se llamaría Ratón, por ser chiquitito y asustadizo. La siamesa llevaría, como Ramsés, el gato siamés que tuve hace años, un nombre con aires faraónicos: Cleopatra. Cleo para los amigos, que suena menos faraónico pero es más fácil de gritar al llamarla. El negro pequeñito fue complicado y creo que al final lo eligió Sabrina, pero le va al pelo. En cuanto tuvo fuerzas para  jugar, poco le importó que Cleo le doblara en tamaño. Ya ese mismo día se lo pasó acechando y saltando sobre la gata, o mordiéndole el rabo, a pesar de que debido a la diferencia de tamaños acabara siempre patas arriba, vencido y lloriqueando.  Ya lo decía Mufasa: “Yo soy valiente cuando debo serlo. Simba, ser valiente no quiere decir que busques problemas.”, y Simba le llamamos.

Al acostarnos a leer un rato antes de dormir metimos a los gatos en su camita (el transportín donde habían viajado). Sorprendentemente, Simba y Ratón se acurrucaron al fondo y allí se quedaron. Cleo no. Desde el principio sospechamos que fue abandonada, porque se comportaba de forma muy casera y porque en la sociedad felina de Los Roques no hay siameses, y en ese momento nos lo confirmó. O eso, o es muy lista, algo que se suele decir de los gatos de su raza. En lugar de quedarse en el transportín saltó sobre la cama de Judith, donde desplegó todo un abanico de monerías para lograr que la dejara dormir con ella. Cleo se dejaba caer sobre el lomo, se estiraba y rascaba su cabeza contra Judith, todo mientras ronroneaba ruidosamente. Allí se quedó. Para bajarla hubiera hecho falta alguien con un corazón negro como el carbón.

Debían de estar agotados, porque durmieron de un tirón. Pero a eso de las cinco de la mañana comenzó toda una procesión gatuna: de uno en uno fueron levantándose a comer un poco, a beber agua y a pasar por la arena. Nos despertaron los crujidos de las croquetas al ser mascadas, y nos estuvimos riendo de lo ordenados que resultaban hasta que Ratón, a pesar de ser el más pequeño, soltó un regalito en la arena que amenazó por su pestilencia con ahogarnos. Judith tuvo que levantarse para  recoger el emplaste en una bolsita y para traer toallitas húmedas con las que limpiar los cuartos traseros al gatito, todavía algo torpe en estos menesteres. Luego volvieron a dormirse: de nuevo los pequeños en la camita y Cleo con Judith. ¡Se habían acostumbrado pronto a lo bueno!

Al día siguiente subimos de nuevo a Fasnia a seguir limpiando y a dejar a los gatos en su nuevo hogar. Les hicimos un hueco al lado de un inodoro inutilizado en un viejo cuarto del patio trasero. El único con puerta que poder entornar para guarecerles un poco del viento, realmente (sobre el viento de Fasnia ya hablaré, que tiene tela), aunque lo de la taza deslustrara un poco nuestra idea de darles un bonito lugar donde vivir. No tardaron en animarse a explorar el terreno, y en menos de dos semanas parecen haberse adaptado bastante bien. No les dejamos entrar en la casa, pero creo que se encuentran muy a gusto entre las latas donde crecen helechos y los escombros del gallinero en ruinas.

Ratón
Ratón, explorando la jungla de helechos que crece en las latas del patio de atrás.

Les dejamos el transportín para que durmieran calientes, junto a su comida y un cacharro con agua. Como todavía necesitaban tratamiento unos días más – limpieza de ojos, colirio y antibióticos, dos veces al día – Judith y Sabrina se turnaron para ir a atenderles. Cleo se ha hecho con el exterior de la casa, aunque creo que aún no ha descubierto las huertas, y en cuanto llegamos nos maúlla para que la dejemos pasar al patio delantero. Cuando desaparecen un rato solemos encontrarlos durmiendo juntos, muchas veces metidos los tres en la cama que les preparamos. Les oímos llamarse unos a otros, y desde la ventana les vemos jugar y corretear, en apariencia bastante felices.

Creo que acertamos dejándolos en Fasnia, aunque habrá que ver cómo reacciona Ico a su olor cuando vayamos a pasar allí todo Agosto.

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