Puesta a punto

Decidimos pues quedarnos los tres gatos y darles una segunda oportunidad en la zona de huertas y patio de la casa de Fasnia, pero antes había que conseguir que sobrevivieran. El pequeñajo estaba muy débil, la siamesa moqueaba y estornudaba y todos tenían los ojos cubiertos de legañas e irritados. Un poco de agua de manzanilla consiguió que al menos pudieran abrir los ojos, pero ahí hacía falta un veterinario.

Ese mismo viernes Sabrina los trajo a Santa Cruz en una caja de cartón agujereada para que les echara un vistazo la veterinaria de Ico. Como  no podíamos subirlos a casa, en el garaje les dejamos cuencos con agua y comida, y su primer cajón de arena. Lo de los gatos es curioso, porque aunque no hayan visto uno en su vida, saben para qué sirve. No es la primera vez que pongo un gatito de un mes en un cajón de arena porque le veo intranquilo y no solo hace pipí sino que sabe a dónde tiene que volver. También ocurre que no, claro.

La veterinaria les recetó una pastilla para parásitos internos (el pequeñajo tenía lombrices planas), colirio y antibióticos. Por suerte lo de los ojos solo era conjuntivitis, pero no los tenían ulcerados, así que todos veían perfectamente. También nos dio unas latitas de paté reconstituyente para gatos, especialmente para el chiquitín, que estaba algo fuera del peso ideal.

Una vez pasaron su revisión médica los dejamos en el garaje un rato mientras subíamos a casa a  preparar las cuatro cosas que solemos llevar al Sur. Libros, teléfonos, cargadores, algo de ropa y a veces mi portátil. Ico esos fines de semana se queda sola en casa de Viernes a Domingo, algo que no me hace mucha gracia. Pero no parece pasarlo mal, y casi estamos seguros de que al marcharnos se sienta en el sofá, enchufa la tele y lanza las croquetas al aire para jugar a cogerlas con la lengua. Bueno, eso tal vez no lo haga, pero solo porque no tiene pulgares oponibles. Sea como sea, más de una vez me descubro durante el fin de semana preguntándome qué estará haciendo Ico. Cualquier día pongo una cámara para grabarla.

Lo que estaba claro es que ese fin de semana en concreto no vendría con nosotros. Solo con oler la ropa de Judith al subir del veterinario se agarró un mosqueo de cuidado, bufando y vigilando todos sus movimientos. Cualquiera diría que el olor de tres gatitos debería tranquilizar a una gata, pero el instinto maternal de Ico lo debió perder el día que la esterilizaron. Armada con el bote de feromonas, Judith la mantuvo a raya hasta que salimos de casa.

Al volver al garaje nos llevamos un buen susto. La siamesa estaba durmiendo tranquilamente debajo de mi coche, pero de los dos pequeños no había ni rastro. Tras casi un cuarto de hora de búsqueda, y cuando ya nos temíamos que se hubieran escondido en el motor, donde les buscamos en varias ocasiones, acabamos encontrándolos enroscados sobre una maleta oscura. Como los gatitos son muy oscuros, habíamos pasado por delante varias veces sin verlos. Me sorprendió que, siendo tan pequeños, consiguieran llegar los dos juntos a dormir al mismo sitio, algo inaccesible.

Viajaron en el viejo transportín de Ico hasta los Roques, donde dormirían con nosotros antes de subirlos a Fasnia al día siguiente. Como Susy no iba a venir esa noche no habría problema, y tras darles las pastillas y aplicarles el colirio estuvimos un rato viéndoles jugar y perseguirse. Fue sorprendente el cambio que experimentaron con un poco de comida, agua y calor; de los animales temblorosos y débiles que encontró Sabrina a los tres gatitos juguetones que teníamos en el salón en ese momento. ¡Observarles era bastante más entretenido que ver la tele!

Y entonces llegó Susy, que había cambiado de planes. En casa de Judith siempre han sido un tanto… peculiares en el trato hacia los animales domésticos. Cuanto más lejos y menos molesten, mejor, algo que Judith y yo no entendemos. La cara que puso al ver a los gatitos lo dijo todo, así que en el salón estaba claro que tampoco dormirían. Propuso que los dejáramos en la azotea, a donde subí para buscar un hueco donde meterles. Pero estaba tan oscuro y hacía tanto viento que me dio pena solo de pensar en dejarles allí toda la noche. Mientras decidíamos qué hacer, Susy se puso a ordenar un poco la cocina, momento en que el pequeñajo decidió que una de las esquinas cerca del frigorífico era el mejor lugar para aliviarse.

Sin que Susy se diera cuenta de qué ocurría, porque entonces hubiera sacado a patadas de la casa tanto a los gatos como a nosotros, Judith la entretuvo mientras yo cogía varias toallitas húmedas de baño y limpiaba el estropicio. Es sorprendente el pestazo a amoníaco que emana del orín de gato, incluso el de uno tan pequeño, pero conseguí eliminarlo sin que el percance trascendiera.

Al final decidimos que durmieran con nosotros en la habitación de la litera. Tres gatos con su comida, agua y arena, dos humanos y mi alergia.

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