Los otros inquilinos, parte II

Al volver a los Roques nos encontramos con que Ico, a lo Gizmo pero sin darle de comer después de medianoche, se había dedicado a soltar bolas de pelo por toda la casa. La pobre lo había pasado realmente mal.

Cenamos y nos fuimos a dormir. La casa de Susy en los Roques es muy pequeña, y aun así algo mayor que muchas de las del pequeño barrio costero de Fasnia. Tendrá treinta metros cuadrados habitables, pero disfruta de una situación magnífica, teniendo una playita de callados (de piedras, no de arena) a un minuto escaleras abajo. Efectivamente, también los Roques está en pendiente. La casa se compone de una cocina-salón, un pequeño baño, la habitación principal donde además está la tele y un cuarto pequeño pasada esta habitación, que cuenta con una litera donde dormimos Judith y yo cuando no estamos solos. Por supuesto, ¡yo me pido arriba!

Esa noche Ico estuvo especialmente cariñosa. ¡Claramente la experiencia en la casa de Fasnia había sido aterradora! Empezó durmiendo con Judith. Casi de madrugada fue a maullarle a Susy. Y cuando como a las siete de la mañana se puso a maullar a gritos, terminando por subirse a la parte alta de la litera para tratar de despertarme, empecé a sospechar que aquello no eran solo nervios. Me levanté y fui al salón seguido por la gata, donde estuve vigilándola. Y al ver que seguía rascándose y que de vez en cuando se mordía el lomo o una pata lo ví claro. Un rápido examen del pelo lo confirmó: se la estaba comiendo viva todo un circo de pulgas.

¡Garrapatas y PULGAS! ¡La maldita casa estaba infestada! El perro lanudo del inquilino debía haber traído consigo a todo bicho indeseable que pudo encontrar mientras paseaba por el monte o correteaba por las huertas. Y como su dueño no parecía hacerle ascos a vivir entre tierra y polvo, pues éstos encontraron en la casa un hogar magnífico para prosperar.

Desperté a Judith para que me ayudara a bañar a Ico, y ella misma se descubrió con las piernas cubiertas de ronchas. A Jud también la habían cosido a picotazos (o mordiscos, mejor dicho,  que las pulgas muerden), pero yo solo tenía dos ronchitas en una pierna. No atraigo a las pulgas,  se ve, no debo ser su tipo.

Me metí en la ducha con Ico (cada pocos meses la lavamos así, y el agua calentita hasta le gusta) y le froté el pelo con champú. La secamos bien y luego estuvimos observándola. Como parecía que se había calmado un poco, subimos de nuevo a la casa a seguir limpiando, como dos valientes.

Estuvimos un buen rato en la cocina, continuando el trabajo de Susy del día anterior. Más grasa incrustada, la nevera asquerosa, las sartenes de un color amarillento… Conseguimos limpiar bien el poyo y los estantes, pero después de un par de horas frotando todavía nos quedaba la otra mitad de la habitación, y considerábamos seriamente tirar toda la loza a la basura. Yo a ratos consideraba también el demoler la casa y empezar de cero.

Pero a Judith volvía a picarle todo, y como esta vez sabíamos qué ocurría decidimos dejar de limpiar hasta solucionar el problema de las pulgas y, de paso, eliminar a las garrapatas. De camino a casa decidimos parar a comprar una pipeta para desparasitar animales domésticos. Ya de nuevo en los Roques comprobamos que Ico seguía generando bolas de pelo, por lo que estaba claro que la necesitaba. Estas pipetas contienen un líquido que se aplica entre el cuello y el lomo, donde el animal no se llega, y en menos de un día suelen acabar con los parásitos externos.

La pobre estaba agotada. Durmió con nosotros en la cama una siesta de campeonato, bien pegada a nuestras piernas. Sí, nos preocupaban un poco las pulgas, pero el animal lo había pasado tan mal por nuestra culpa que no pudimos echarla. Y por la noche, ya de vuelta a Santa Cruz, igual. A la mañana siguiente había varias pulgas muertas entre las sábanas, así que la solución parecía efectiva. Poco a poco Ico dejó de rascarse y como tampoco le detectamos garrapatas dimos la aventura por concluída.

Pero quedaba la venganza. Esa misma semana contactamos con un servicio de desinsección que, tras un vistazo a la casa y a las huertas que la rodean, nos hizo un buen presupuesto. En un par de días, y enfundados en un traje protector blanco como el de los malos de E.T., acabaron con los insectos, con sus huevos y con sus larvas. Desde la casa de la abuela de Judith, en la parte alta de Fasnia, se  les veía recorriendo el terreno sembrando muerte y destrucción.

Nuestro gato pasó un fin de semana horrible, pero nosotros nos encargamos de exterminar tanto a sus torturadores como a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Hubo víctimas colaterales, a miles: muchos insectos y arácnidos de la zona perecieron durante los días más largos que recuerdan los bichos del lugar. Pero mereció la pena.

Ico fue la primera de nosotros en pasar una noche en la casa de Fasnia, aunque seguramente no guardará un buen recuerdo de la experiencia…

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