Los otros inquilinos, parte I

Lo primero que hicimos tras despertar y desayunar a la mañana siguiente fue ir a buscar a Ico. Teníamos la esperanza de que una noche a solas, en una casa extraña, le hubiera hecho cambiar de opinión respecto a volver a subirse al coche. O eso o se nos había vuelto totalmente arisca y tendríamos que soltarla en las huertas para que viviese salvaje. Escenas de la gata asilvestrada sobreviviendo por los montes con el pelo lleno de matojos y amores secos nos atormentaban mientras subíamos a Fasnia.

Pero al parecer, Ico tenía tantas ganas de vernos a nosotros como nosotros de verla a ella. Según entramos por la puerta, llamándola, ella bajó del piso de arriba y se quedó a media escalera, evaluando la situación. Pero enseguida trotó hasta nosotros, aparentemente contenta y tranquila. Sin mediar mimitos, no se fuera a mosquear de nuevo, aprovechamos para cogerla en brazos y llevarla directamente al coche para bajar a Los Roques. Al menos allí ya había estado antes y conocía el lugar.  Y vuelta a subir a Fasnia, a seguir limpiando.

Limpio el baño el día anterior pasamos al  salón de la casa, porque la cocina… para la cocina había que estar muy animados y con la moral muy alta, y con toda la historia de Ico no había ganas. La pobre había vomitado en el salón y estaba todo lleno de bolas de pelo, probablemente de los nervios y el enfado de la tarde anterior. Pero eso sí, había hecho sus necesidades en el ridículamente pequeño cacharro con arena que le dejamos. Los gatos son así, higiénicos con sus heces y despreocupados con sus regurgitaciones.

Durante un par de horas sacamos telarañas de todas las esquinas y lavamos a fondo todos los muebles, quitando hasta restos de comida que había quedado adherida a la mesa y a las sillas.  Y cuando le dimos la vuelta a los sofás para limpiarlos por debajo, las descubrimos. Judith me preguntó extrañada qué era el bicho que estaba viendo, parecido a una araña pero con el cuerpo enorme y las patas pequeñas. Yo ya las conocía de alguna carrera de orientación por el monte, porque en las épocas más secas del año era fácil descubrirse alguna en las piernas al terminar la carrera. Pegadas a la pata del sofá había dos garrapatas. GARRAPATAS. ¿Pero cómo vivía este hombre, con garrapatas en el salón? Y no dos, no. Escaché fácilmente siete u ocho (son complicadas de matar, tienen un caparazón muy duro y hacen un chasquido desagradable al reventarlas). Y una vez las has visto ya no puedes dejar de verlas, ¡estaban por todas partes! En las paredes, en el suelo, y no solo en el salón. Al buscarlas las encontramos también por todo el pasillo y en la cocina, y bien seguro que estarían por toda la casa.

Casa en la que nuestra gata había pasado toda la noche, sola. ¡Pobre bicho!

En lo que seguíamos nuestra campaña de limpieza y exterminio se sumaron a nosotros mi suegra (vamos a llamarla Susy, que con suegra parece un bicho demoníaco) y la abuela. Susy se puso con la cocinilla, y al poco nos llegaban los quejidos sobre lo asquerosa que estaba y lo puerco que había que ser para dejarla así de sucia. Mientras, la abuela se afanaba en barrer las flores de la buganvilla que cubrían la parte del patio trasero más cercana a la cocina. Esfuerzo titánico y totalmente improductivo, ya que a los días y con el viento estaba todo exactamente igual. Mira que son bonitas las buganvillas, y lo perdido que lo ponen todo.

Yo traté de limpiar la goma de la lavadora, que estaba totalmente negra, cubierta de moho. Fue imposible sacárselo, así que habrá sustituir la goma, si es que hay recambios. La lavadora es de una marca más bien poco conocida y ciertamente vieja, y ya un técnico nos ha confirmado que si no le vale una goma estándar, no habrá mucho que hacer. Tendría narices tener que deshacernos de una lavadora que funciona perfectamente por culpa de una goma enmohecida, pero yo al menos no pienso ponerme unos calzoncillos que hayan sido lavados ahí. Ni nada que me toque directamente la piel, ya que estamos, pero especialmente unos calzoncillos.

Al par de horas empezaba a oscurecer y Susy no parecía cansarse. Como solemos hacer en estos casos, porque es imposible de convencer, Judith y yo fuimos recogiendo y haciendo poco a poco como que nos íbamos, lo que termina por hacerle entender que no podemos seguirle el ritmo.

Ya teníamos ganas de dar el día por terminado y bajar a darle un montón de mimos a Ico, quien estaba pasando por un infierno sin nosotros saberlo.

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One thought on “Los otros inquilinos, parte I

  1. Irene A. Canalís 6 julio, 2012 / 5:37 pm

    ¿Qué pasó después? ¿Qué pasó con ico? ¿Nos tenemos que quedar con la intriga? xD ¿Garrapatas? Seguro, tenía garrapatas.

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