Toma de contacto

Armados con lo que podríamos denominar Productos de Limpieza de Amplio Espectro nos dispusimos a pasar un fin de semana limpiando el rastro que había dejado el inquilino. Alquilar la casa fue buena idea, eso seguro. De no haber estado habitada se hubiera deteriorado mucho durante todos estos años. Antes la mantenía su dueña, Esther, una de las tías de Judith; pero desde que falleció la familia ya no pasaba tiempo allí. El inquilino fue haciendo pequeñas reparaciones e incluso limpió de escombros los patios y huertas, y hasta descubrió una pequeña cueva. Pero lo que es dentro de la casa limpió más bien poco, o con poco afán.

Así que el viernes a medio día estábamos ya entrando por el patio de la casa, con todos los bártulos de limpieza y con Ico bajo el brazo. Ico, nuestra gata (muy peluda y muy, muy señorita), odia viajar. Cuando ve que nos preparamos para salir de casa no se suele preocupar, e incluso nos despide con un maullido que solo utiliza en esas ocasiones. Una especie de cacareo que suena a ‘bueno, pues nada, yo me quedo, ¿eh? ¡pásenlo bien!’ (o eso imaginamos, claro). Pero como haya maletas de por medio se hace un ovillo  y maúlla lastimosamente cuando te acercas para que la dejes en paz. Supongo que se hartó de tanto viaje en barco y avión entre islas cuando veníamos los fines de semana desde Gran Canaria… Pero sin embargo, parece que le encanta explorar. Las veces que la hemos llevado a una casa nueva no para de pasear de aquí para allá, olfateándolo todo y subiéndose a donde puede, aparentemente muy entretenida. Aunque también es posible que realmente esté muerta de miedo, sintiéndose vulnerable en un entorno desconocido. Prefiero pensar que se divierte.

Soltamos a Ico dentro de la casa y dispusimos fregonas, cubos, escobas, recogedores, trapos y productos de limpieza a mano y preparados. La gata se dedicó a explorarlo todo, volviendo de vez en cuando a vernos con los bigotes llenos de telarañas. Nosotros empezamos por rascar las humedades que han florecido en las paredes más cercanas al patio. Por ahora se quedarán al aire hasta que sepamos por qué están saliendo. Es posible que varias sean debidas a crecimientos capilares, algo que aprendí consultando una enciclopedia de bricolaje que nos regalaron estas Navidades. Una enciclopedia, para las nuevas generaciones, suele ser un compendio de conocimientos diversos impresos en, por lo general, varios libros. Los libros son como… bueno, búsquenlo en Google.

Vaya, que las humedades parecen subir desde el subsuelo, así que será complicado eliminarlas. Tras pasar un rato rascando y matando bichos (gusanillos negros, arañas de polvo, ciempiés… menuda fauna había en las zonas más húmedas) decidimos dejar limpio el baño por si hiciera falta usarlo. Le metimos una buena mano de lejía y limpia manchas de estos agresivos, porque había roña incrustada por todas partes. Pero de esta que cuando la consigues quitar resulta que lo que hay debajo tiene otro color. Y pelos, que cuando son tuyos pues mira, pero cuando son de un extraño dan como mucho asco. Pelitos de barba y otros que no voy ni a describir.

Cuando terminamos se podía beber agua de la taza del water, aunque la cisterna pierde un poco, el grifo del bidé hay que abrirlo y cerrarlo usando la llave de paso y el de la bañera gotea. Primeras tareas apuntadas en la lista de Cosas a Arreglar.

A estas alturas  ya oscurecía y mucho más no íbamos a poder hacer, así que decidimos volver a Los Roques a la casita de mi suegra, en la playa, a cinco minutos de curvas o media pastilla de freno quemada, según el camino que uno elija para bajar desde Fasnia.

Pero Ico no estaba dispuesta a dejarse volver a meter en su transportín y mucho menos a sufrir otro traslado en coche en tan poco tiempo. Y cuando un gato no quiere hacer algo, lo deja bien claro a base de gruñidos, bufidos, manotazos y si te pasas un pelo, un buen mordisco. Quizá Ico sea una señorita, pero tiene un genio de cuidado. Nos pasamos una hora intentando tranquilizarla, atrayéndola con comida, con palabras tranquilas, con intentos continuamente frustrados de acercamiento. Incluso probamos a dejarla sola un rato, paseando un poco por el pueblo. Pero nada, al volver seguía gruñendo y bufando.

Un gato mosqueado no es para tomárselo a risa, así que finalmente y sintiéndonos fatal, decidimos dejarla a dormir allí y pasar a recogerla al día siguiente. Le preparamos un cajón arena con un cacharro de plástico en el que difícilmente cabía el gato, su comida y su agua en el salón  y nos fuimos bastante preocupados, tratando de convencernos de que es solo un gato y no una personita. Pobre bicho, menudo fin de semana iba a pasar…

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