Lost in translation

Este sábado tuve la oportunidad de perderme por el casco antigüo de Zürich. Formas de perderse supongo que hay varias pero principalmente se reducen a dos: adrede y sin querer, pero adrede tiene muchísima más gracia. Si lo haces sin querer puedes acabar a horas intempestivas caminando por callejuelas a punto de echarse a llover, si no lloviendo, y sin un duro en el bosillo (véase pateo por Amberes el primer día).

Perderse a posta por las calles de una ciudad, caminando sin prisas y dejándote guiar por cualquier cosa que te atraiga (una plaza, una calle estrecha, una multitud, un edificio…) es una forma muy bonita de tomarle el pulso al lugar. Recuerdo que la primera vez que lo hice fue en Bath, Inglaterra, en uno de esos viajes de quince días que uno hace con diecipico años para “practicar inglés” (also known as “pegarse unas farras con el resto de los españoles que mejor no contar a tus padres al volver”) Teníamos una hora y pico libre para visitar Bath y la gente no se movía de la calle de las tiendas. Como no me apetecía, agarré la mochila y me puse a caminar al azar. Pues me lo pasé pipa, vi cosas muy pintorescas (tengo una foto genial de un chófer posando al lado de un Rolls Royce negro) y hasta encontré una rara tienda de CDs, oculta en un callejón (estaba seguro de encontrar, entre los CDs, un Mogwai deseando venirse a casa conmigo), donde compré toda la discografía de Nirvana por cuatro perras.

Desde entonces he procurado perderme en cuanta ciudad he podido pisar, gracias principalmente a los congresos a los que he ido: Piran (Eslovenia), Setúbal (Portugal), Amberes (Bélgica), Beijing y Jinan (China)…

Zürich me ha gustado. A pesar de haber pasado por delante de Tiffany’s, de Prada, de Louis Vuitton y de otras muchas tiendas así de este estilo en las que en mi vida entraré, a no ser que encuentre la solución al cambio climático (¡tienen porteros que te abren la puerta y te dan la bienvenida a la tienda!) la ciudad conserva un aire agradable a pueblo. Rico hasta dar asco pero sin ajetreos.

Hay callejuelas plagadas de Anticuarios, comida de todas partes del mundo (en eso los suizos tienen suerte, al estar en contacto con Francia e Italia su cocina es muy buena, aunque no tanto como la Española, como la nuestra pocas.), salas de música y cientos de teatros. Y como hacía sol, gente por todas partes aprovechando el relativo calor. Calor que hoy se ha acabado… ¡hasta ha nevado un poco en plena ciudad! Ha sido más aguanieve que otra cosa, pero sí se podían ver copos cayendo lentamente.

Como toma de contacto no ha estado mal, ya tendré tiempo de visitarla a fondo. Zürich es bastante grande pero yo me limité a recorrer el casco antigüo, que es lo que por lo general vale la pena. Es lo que tienen los cascos antigüos, de alguna forma conservan el verdadero espíritu de una ciudad. El resto es igual en cualquier urbe del mundo.

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